domingo, 6 de junio de 2010

¡HUY!.. ¡QUE MIEDO!


AUTOR: MIQUEL FARRIOL
LECTURA: JULIÁN GIJÓN
(1º lectura de La Gárgola Impasible, en el acto de COPA COMERÇ)
Al contrario de lo que yo creía, los humanos, tienden a agruparse y a formar parte de familias donde apoyarse. Por si solos, son débiles e insignificantes y es imposible que una voz sobresalga de entre las demás. No sin el soporte de un colectivo que la elija como portavoz.

A veces hay actitudes que destacan y que hacen desmoronar costumbres que parecían inamovibles. Y lo digo porque cerca de aquí, en esta misma calle, esta pasando algo que mantiene en vilo al sistema asociativo de la ciudad y produce terror en los despachos del consistorio.

La verdad es que es algo tan sencillo que resulta pueril por su simplicidad.

En ese lugar, un pequeñísimo grupo de comerciantes de los sectores más variopintos, se han agrupado para trabajar en un proyecto nacido de la necesidad.

Si repasamos la historia veremos que siempre existieron gremios, asociaciones, sindicatos y colectivos y los comerciantes creaban su propios mercados donde ofrecer una mayor oferta y así recibir más afluencia de compradores. En las ciudades, diferentes comercios aúnan esfuerzos para montar campañas conjuntas que llamen la atención de los paseantes, pero la cosa se complica cuando la ciudad es, digamos, razonablemente grande, pongamos doscientos cuarenta mil habitantes, y por lo tanto sus dimensiones urbanísticas hacen que la mayoría de promociones se diluyan o solo sean perceptibles en zonas reducidas, sin ninguna proyección real sobre los consumidores. Eso lo saben los comerciantes que pagan de su bolsillo los gastos de producción de los eventos, entidades como La Cambra de Comerç, la Regiduría de Comerç del Ayuntamiento y el Direcció de Comerç de la Generalitat. Y lo saben porque camuflado con una sudadera y gafas de sol, acompañé al quiosquero en todas sus visitas a los despachos donde se cuecen las normas que regulan, permisos y subvenciones.

Si soy yo quien les asusta, puedo entenderlo, después de todo soy un ser del inframundo. Lo que no entiendo es porque se ponen a temblar cuando el quiosquero y sus compinches exponen lo que están haciendo. En todos esos santuarios, del poder económico, se echan las manos a la cabeza, no se si por incredulidad o porque ven venir un alud de trabajo.

Todos esos especialistas no pueden evitar entusiasmarse con la idea pero son incapaces de enfrentarse a lo que se les viene encima y siempre acaban lavándose las manos, aunque en petit comité alientan a los emprendedores a seguir por el mismo camino. Eso si, sin su ayuda.

En el fondo, solo es miedo a la competencia, a perder apoyos políticos, a ser el primero.

En una ciudad como esta, con los años, se han formado diferentes asociaciones, algunas pequeñas y desestructuradas, otras con un gran número de asociados. Otras en el centro histórico, unas pocas, aunque importantes, en ciertos ejes donde existe concentración de establecimientos y todas financian sus actividades a base de cuotas y derramas, más las subvenciones de organismos públicos. Esto provocaba un ejercicio de confusión en el momento de repartirse el territorio y de otorgar subvenciones a proyectos ridículos y abocados al fracaso. Así que se reorganizaron para formar una federación ¡ALELUYA! Aquello liberaba, a los verdaderos organismos gestores de la economía, de decisiones incomodas y mucho, mucho trabajo. En lugar de estudiar una veintena de propuestas, ahora solo tenían que negociar en términos generales.

Si las asociaciones estaban federadas quería decir que ya tenían interlocutor y por lo tanto, representante, lo que facilitaba mucho las decisiones. Ahora ya solo había un presupuesto que la federación administraría y repartiría.

Pero seguía existiendo un problema del que nadie se percato. Los miembros de la junta que formaban la federación, lejos de ser auténticos gestores, también pertenecían a otras asociaciones vinculadas a sus propios negocios y por tanto a sus propios intereses y bajo ese prisma pronto afloraron rencillas, autoritarismos y falta de eficacia.

Entonces ¿Dónde estaba el problema? Se habían echo todos los pasos para que el sistema funcionara, pero era un verdadero desastre. Podría ser que el autentico fallo estuviese en el concepto, en la base.

Por lo que yo he visto, vosotros, humanos, sois tan egoístas como nosotros, que podemos enzarzarnos en crueles combates por defender el callejón donde cazamos. Igual que hacéis en vuestras ciudades marcando territorios y fronteras. Acotando espacios y compitiendo entre vosotros. Tendríais que daros cuenta de que las ciudades son organismos vivos que se reinventan y transforman y que los clientes solo son fieles a sus intereses.

Todo era un engaño, el hecho de crear entidades que aúnen esfuerzos solo tiene sentido si se trabaja en un único proyecto. De lo contrario todo es una farsa. Y los que lo consienten, con el dinero público, unos irresponsables.

Una idea tan sencilla que asusta. Pero el quiosquero y sus secuaces siguen aferrados a su propuesta y poco a poco otros comerciantes se interesan por su discurso. Las entidades que se habían librado de responsabilidades corretean por los pasillos hablando en voz baja de aquellos tarados que van de listos y han roto todos sus esquemas. Comentan el poder de convicción de un discurso llano y eficaz. El derecho a la libre elección. A la abolición de fronteras. A la valentía ante la competencia.

Estos descerebrados predican que no importa en que barrio tengas el negocio ya que pertenecen a la ciudad y por tanto pueden aliarse con quien les apetezca, este donde este ubicado el establecimiento.

Trabajan bajo una misma marca, que esperan que con el tiempo les de el prestigio y dignifique sus negocios y ponen en manos de profesionales la gestión, el marqueting, la logística bajo una sola directriz. Somos parte importante de la ciudad y queremos que se sepa.

El desapego es el primer paso para avanzar, desprendiéndose de perjuicios.

Los amigos de mi amigo se plantaron en la Generalitat y con toda la chulería del mundo le dijeron a la actual Directora de Comerç que estaban hartos y que ahora harían las cosas a su manera y que el departamento de Justicia de la Generalitat les daba el consentimiento. Desde ahora se abolían los territorios y la necesidad de posesión y se daba carta blanca a la libertad empresarial de aquellos benditos autónomos. Nadie restringiría sus movimientos ni volvería a limitar sus expectativas.

Y así, sin pedir permiso, dejan que el virus de aquella locura arraigue en cualquier punto de la ciudad y siguen promulgando el potencial de la unión.

El resto de asociaciones, empecinadas en conservar su trocito de ciudad, no se dan cuenta de que se consumen en la endogamia y así le siguen el juego a las instituciones de las que dependen.

Hay mucho que contar, muchas conversaciones entre bastidores que sacar a la luz, pero habrá tiempo para eso y mucho más

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